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12° Desfile de Huehues

  • hace 4 horas
  • 3 Min. de lectura

Beto Vergara / Subterráneos

Entre la postal y la pulsión

Puebla, Puebla; 8 de febrero de 2026. El Centro Histórico de Puebla se convirtió en un corredor de lentejuelas, terciopelo y máscaras talladas. El 12° Festival de Huehues, organizado por el Instituto Municipal de Arte y Cultura de Puebla, reunió a más de 700 danzantes agrupados en alrededor de 15 cuadrillas, provenientes de barrios como El Alto, Xonaca, Analco y juntas auxiliares como San Miguel Canoa, además de invitados de Tlaxcala.


Un carnaval domesticado, limpio, perfectamente trazado sobre Avenida Reforma, del Paseo Bravo hasta el Zócalo. Un carnaval con vallas, horarios y volumen moderado Y eso, hay que decirlo, tiene su mérito.


Un Carnaval Organizado


El desfile fue familiar. Sin alcohol, sin pirotecnia, sin el estruendo que suele retumbar en los barrios cuando el carnaval es dueño de la calle. El orden permitió que distintas cuadrillas convivieran en un ambiente seguro. Las capas bordadas brillaban sin el humo de los cohetes; los pasos marcados al ritmo de la banda resonaban sin saturar los oídos.


Como festival turístico, funciona. Integra, visibiliza y ordena. Permite que quienes no se adentran en los barrios puedan ver de cerca las máscaras de rasgos europeos exagerados (esa burla histórica que desde la colonia invierte el poder) y entender que el huehue, es memoria en movimiento, crítica, sátira, además de un disfraz bonito.


En ese contexto, el evento es una buena medida. Y mejor aún sería si esta institucionalización se acompañara de remuneración justa para huehues, músicos, abanderados y organizadores comunitarios. Profesionalizar, no despojar.


El otro carnaval


Pero el carnaval… El carnaval de verdad no nació para verse bonito.

Antes de que existieran rutas autorizadas, el carnaval era “la licencia”. Era la tregua previa a la Cuaresma. Una suspensión simbólica del orden: lo carnal antes del recogimiento. Una zona donde la sátira no pedía permiso y donde el ruido, el alcohol y la irreverencia formaban parte del lenguaje ritual. Ese carnaval no es “tourist friendly”. Ese carnaval incomoda al orden, a la colonia. Ese carnaval no se maquilla para las redes.


Ahí el zapateado descarga; la interacción con el público no es selfie sino confrontación lúdica. Cada barrio imprime su carácter: en El Alto la elegancia barroca del vestuario; en Xonaca la fuerza colectiva del bloque; en juntas auxiliares como San Miguel Canoa, la persistencia comunitaria como acto identitario. Las diferencias no sólo están en los colores o en el bordado, sino en la intención del paso.


¿Tradición expandida o tradición suavizada?


La pregunta incómoda es inevitable: ¿la institucionalización del carnaval responde a una expansión de la tradición… o a su adaptación para un centro histórico cada vez más gentrificado?


Hay dos focos claros:


El carnaval institucionalizado: ordenado, accesible, controlado.


El carnaval comunitario: autónomo, ruidoso, visceral.


Uno no cancela al otro. Pero tampoco son lo mismo.


Celebrar el desfile no debería implicar olvidar que el carnaval sucede, con o sin permiso en cada barrio, en cada calle donde la cuadrilla ensaya meses antes, donde la máscara se hereda y el traje se borda en familia. El desfile es vitrina; el barrio es raíz.


Aplaudo que existan estos festivales. Que se organicen, que convoquen, que integren. Que el Instituto abra espacio en el corazón de la ciudad para una tradición que nació desde abajo. Pero ojalá no confundamos la postal con el territorio. El carnaval no sólo desfila: irrumpe. No sólo adorna: cuestiona. No sólo entretiene: libera.


Y mientras el carnaval siga gozando de buena salud en los barrios de Puebla, más allá del circuito turístico, el huehue seguirá siendo lo que siempre fue: una máscara que no esconde, revela.



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