Willy Espejo, un Nahual
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Ildefonso López / Subterráneos

Ha construido una trayectoria donde el teatro y la música se entrelazan
Puerto Escondido, Oaxaca; 11 de febrero de 2026. Willy Espejo nació y pasó los primeros años de vida en Río Grande, en la costa oaxaqueña, escuchando la música que sonaba en los altavoces del pueblo, especialmente al grupo Miramar y la cumbia colombiana. No conocía otras sonoridades hasta que, por motivos de salud, viajó a la Ciudad de México y descubrió a The Beatles, The Doors y The Rolling Stones. “Se me abrió otro mundo musical”, recuerda.
En los años 70 se trasladó a la ciudad de Oaxaca para continuar sus estudios. Sus primeros pasos formales en el arte llegaron con las clases de teatro del maestro Óscar Olea. En ese entorno también recibió la influencia de vecinos admiradores de The Beatles, quienes cuestionaban su gusto por la música tropical. Ese contraste lo llevó a estudiar con el maestro Memo Porras, quien le explicó la estructura musical con rigor y claridad. Así comenzó a comprender la composición más allá de la intuición.

La obra de Bertolt Brecht fue decisiva en su formación. Entendió que la música es esencial en el teatro épico y político, integrada orgánicamente a la palabra. Más tarde, su maestro Pedro Quezada lo acercó a los textos de Alejandro Aura, experiencia que reafirmó su convicción sobre la canción como un lenguaje poderoso dentro del teatro.
La música también fue herramienta de sobrevivencia. Con la canción callejera logró reunir recursos en distintos momentos de su vida. “La música en la calle es un instrumento de sobrevivencia”, afirma.
Los Beatles y Silvio Rodríguez marcaron su rumbo creativo. Aunque comenzó a componer a los diecisiete años —edad que consideraba tardía— resistió pese a las críticas. En un taller de teatro que él impartía, conoció a unas jóvenes que lo acercaron a la música de Rodrigo González. La grabación era precaria, pero el impacto fue profundo. La influencia del llamado “Profeta del Nopal” lo impulsó a escribir canciones como Paco, que se convirtió en un himno juvenil por su retrato ácido de la iniciación adolescente en el alcohol, las drogas y la sexualidad.
Tras los homenajes póstumos a Rodrigo González, la canción comenzó a circular entre músicos identificados con el movimiento rupestre. “Me enteré de que la cantaban en los autobuses. La voy a grabar, porque la memoria colectiva corre el riesgo de perderse”, señala.
Su incursión en la televisión local fue como actor de teleteatro bajo la dirección de Lola Bravo. Más tarde, Virgilio Caballero le dio la oportunidad de desarrollarse en producción, experiencia que incluyó trabajo comunitario y el acercamiento a la trova de Pinotepa Nacional. De ahí surgió su interés por crear un programa infantil y componer música para niños.
En los años noventa regresó a Puerto Escondido por dificultades económicas y abrió una taquería-foro cultural: La Choza del Nahual. Inspirado en el espacio El Cuervo de Alejandro Aura, presentó teatro, danza y música tradicional. El proyecto fue exitoso, pero finalmente cerró.
Actualmente, es maestro de teatro en el COBAO, donde ha estrenado dos obras como dramaturgo. Paralelamente, prepara su regreso al estudio de grabación para dar nueva vida a sus composiciones.

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