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"No nos une el dolor, nos une el amor": Las Nahualas buscan la cura colectiva con Tonantzin

  • hace 4 horas
  • 5 min de lectura

Jorge Alonso Espíritu / Subterráneos

Las Nahualas y El Taller A.C., presentan una obra sobre la violencia y lo que sigue tras ella.

Al inicio de Tonantzin. Tengo en mí todos los sueños del mundo, la nueva puesta en escena de Las Nahualas y El Taller A.C., las artistas entregan al público un listón. Sobre él, cada asistente escribe un deseo, un agradecimiento o un sueño. El gesto podría parecer ingenuo. No lo es.


No se trata de un ritual de superación personal, sino del primer paso de una experiencia que busca hablar de aquello que suele permanecer en silencio: el abuso sexual, las desapariciones, las violencias contra las mujeres y la diversidad sexual. Más aún, pretende preguntarse qué puede venir después del dolor.


El compromiso con esa idea se percibe incluso antes de comenzar la entrevista.


Apenas entro al Foro Cultural Las Nahualas encuentro una serie de fichas de personas desaparecidas en Puebla. No son parte de la escenografía. Son historias reales. Personas reales que siguen haciendo falta. Fueron solicitadas por la directora de la obra, para permanecer en el espació incluso cuando la temporada termine.


Entre las fotografías reconozco un rostro conocido.

Guillermo Raúl López Escobedo era amigo mío. El 28 de diciembre de 2023 desapareció en Amozoc después de acudir a vender una computadora. Dos años y medio después, su familia continúa buscándolo, todos los días.


¿Cómo se sigue viviendo después de algo así? Es lo primero que pregunto a las mujeres que han creado esta obra. La respuesta es difícil, claro, lo sé desde que la escribí. Pero la obra, no es sólo una invención, sino el resultado de un largo proceso de creación-investigación. La respuesta surge de allí. 



El dolor no es el destino


Hay obras de teatro que buscan entretener. Otras pretenden denunciar. Tonantzin. Tengo en mí todos los sueños del mundo intenta hacer ambas cosas y, al mismo tiempo, algo más difícil: construir un espacio donde el público pueda mirar de frente la violencia sin quedarse atrapado en ella.


La obra reúne tres historias atravesadas por el abuso sexual, la desaparición de personas y las violencias contra la diversidad. Pero Mónica Ponce, dramaturga y directora, insiste en que el centro nunca fue el sufrimiento.


"Sí partimos del dolor, pero ¿qué pasa después del dolor? Siempre he escrito desde la rabia y el enojo porque también hago activismo. Pero cuando terminé de construir estos personajes entendí que ninguno se queda ahí; todos hacen algo con ese dolor, se transforman y siguen moviéndose".


Esa transformación es, quizá, la verdadera protagonista de la obra.

La idea comenzó varios años atrás. Ponce imaginó una mujer anciana, sabia, capaz de dar vida a distintas historias. Poco a poco apareció el nombre de Tonantzin.

"La historia de Tonantzin me impactó muchísimo. Empecé a encontrar paralelos entre esa deidad despojada y todas las mujeres, niñas asesinadas, violadas o sobre las que otros deciden. Me pareció una metáfora muy poderosa".


Pero la obra evita convertir a Tonantzin en una figura distante o solemne. En escena es una presencia viva, cercana, con la que el público interactúa mediante rituales sencillos, deseos escritos en listones y una experiencia sensorial donde el incienso, la tierra y el contacto directo forman parte del dispositivo escénico.


Valeria Treviño y Gogo Ortiz
Valeria Treviño y Gogo Ortiz

Más allá de la víctima


Uno de los conceptos que atraviesan toda la conversación es el rechazo a definir a las personas únicamente por la violencia que han sufrido.


"Las personas no son solamente esa violencia que vivieron", explica una de las integrantes del colectivo. "Son toda una historia, son relaciones, alegría, momentos. Si solo las vemos como víctimas, muchas veces lo único que despertamos es lástima. Nosotras queremos provocar empatía y reconocimiento".


Esa intención también guía el trabajo actoral. Gabriela Cortés señala que, desde el proceso creativo, buscaron que cada personaje encontrara caminos hacia la felicidad, el humor y la resiliencia.


La cura colectiva


Quizá el concepto más marcado durante la entrevista es el de "cura colectiva". Lejos de entenderla como una solución inmediata al dolor, las creadoras la describen como un proceso compartido.


Mónica Ponce recuerda una frase que encontró durante un momento difícil: "La cura será colectiva o no será". Después la relacionó con una conversación con una madre buscadora que le dijo algo que terminó convirtiéndose en una especie de brújula para la obra: "No nos une el dolor; nos une el amor".


Desde esa perspectiva, el teatro funciona como un espacio donde las emociones pueden circular de manera segura. Las Nahualas buscan que el público no solo observe una historia, sino que también dialogue con ella y consigo mismo.


"Nuestro teatro incomoda", reconoce Gabriela Cortés. "Pero también libera. Hay personas que quizá nunca se permitirían llorar frente a un amigo, y aquí encuentran un espacio para soltar lo que estaban cargando. Después esa conversación continúa en la casa, con la familia, con los amigos. No termina cuando baja el telón".


"Las personas no son solamente esa violencia que vivieron. Son toda una historia. Si solo las vemos como víctimas, lo único que despertamos es lástima. Nosotras queremos provocar empatía".


Gabriela explica que incluso el trabajo actoral buscó alejarse de una representación permanente de la tragedia.


"No queríamos que el público saliera diciendo 'qué desgracia'. Queríamos mostrar otras posibilidades de seguir viviendo".


Un teatro que incomoda


Las Nahualas llevan casi dos décadas desarrollando un teatro profundamente ligado al activismo.

No buscan espectadores pasivos.

Buscan interlocutores.

"Nuestro teatro incomoda, pero también libera", resume Gabriela Cortés. "Hay personas que quizá nunca se permitirían llorar frente a un amigo y aquí encuentran un espacio para hacerlo. Después esa conversación continúa fuera del teatro".

Aunque la propuesta incorpora elementos performáticos, sus creadoras rechazan la idea de que se trate de una experiencia inaccesible.


"Yo tampoco entiendo a veces ciertos performances", bromea Ponce. "Lo que nos interesa no es hacer algo raro por hacerlo. Lo que queremos es tocar a las personas".

Por ello, la función rompe con la estructura convencional del teatro. Antes incluso de comenzar la representación, el público ya participa del montaje mediante acciones sencillas que lo convierten en parte del ritual escénico. 


Un espacio para todas las personas


A lo largo de casi dos décadas, Las Nahualas han construido un trabajo profundamente ligado al activismo feminista y a la diversidad sexual. Sin embargo, rechazan la idea de que sus obras estén dirigidas únicamente a un público específico.


"El teatro está abierto para todas, todos y todes", afirma Gabriela Cortés. "Siempre decimos que un espacio seguro se construye entre todas las personas".


Para Mónica Ponce, el deseo final es sencillo: que quienes asistan salgan con esperanza, con dignidad y con la disposición de volver a mirar a quienes tienen enfrente.

"Nos hemos acostumbrado a pedir mucho y agradecer poco. Ojalá salgamos del teatro con ganas de volver a mirarnos a los ojos, de escucharnos y de tocarnos otra vez".


Gabriela Cortés y Monica Ponce
Gabriela Cortés y Monica Ponce

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