Naza: la banalidad del mal

El documental muestra a militares israelíes narrando la masacre en Gaza
Jorge Alonso Espíritu / Subterráneos
Cronica
Resulta sumamente incómodo acercarse a ver una película así. Ni siquiera sé bien cuál es la forma. Me desconcierta que haya personas con un bote de palomitas, con refrescos, o en familia, como se ve cualquier otra función. De hecho ya es raro que Naza, el documental que narra en primera persona el asesinato sistemático de palestinos, hay sido estrenado en una gala de Venecia, con sus vestidos y trajes, y que ahora llegue a Puebla en tirada comercial, unicamente en Cinemex, y no en el circuito alterno.
Acudo al estreno, en jueves de noche. Espero una demolición similar a la de La voz de Hind Rajab (Kaouther Ben Hania, 2025), o del documental anterior de los directores de Naza, No other land (2024), y la verdad es que no, las emociones no son las mismas, ni las decisiones, ni el tono, ni las reacciones. Aquí lo que abunda es el silencio, y eso no es mejor ni es peor, solamente es diferente.
Naza es una charla incómoda. Durante una hora y unos minutos vemos a dos docenas de militares israelíes y miembros de servicios de inteligencia hablar con los directores del documental. En un modelo in crescendo, cuentan la forma en que cumplieron con las órdenes de destruir blancos palestinos, sin importar que con ello segaran la vida de cientos de civiles.
Los informantes están en una posición ambigua. Por una parte, es casi heroico su testimonio, cuanto más si conocemos los alcances de los servicios de inteligencia de Netanyahu, quien hace muy poco se jactaba en la ONU de haber hackeado los vipers de sus enemigos en Líbano. El propio “Bibi”, ya ha anunciado fuertes represalias contra ellos, que imaginamos se harán efectivas de forma sencilla. ¿Quién está fuera del alcance de los verdugos?
Pero por otra parte, es difícil notar en su voz signos de arrepentimiento, o intenciones de reparación a las víctimas. Tal vez por ello la prensa ha comparado Naza con La zona de interés (Glazer, 2023) y Shoa (Lanzmann, 1985). Y es que el ambiente es lúgubre por comparación. Los testimonios se dan en la paz de las azoteas, en medio de un Tel Aviv tranquilo, justo a un lado de la zona de interés mencionada arriba.
A pesar de todo hay algo cierto: Naza no tiene sorpresas. No es descubrimiento, sino evidencia. Una forma de confirmar lo que ya sabíamos. De poner voz a los relatos de lo que imaginamos, pero que rara vez podemos mirar de frente. Naza nos habla de la insensibilidad, también de la del espectador. Es que la información sobre las matanzas en Gaza circula desde hace años, acompañada de imágenes, cifras y declaraciones que terminan por confundirse en el flujo interminable de noticias. El documental interrumpe ese flujo obligando a escuchar a quienes estuvieron del otro lado de las pantallas, quienes recibieron las coordenadas, seleccionaron los objetivos y apretaron los botones. La maquinaria de la muerte deja de ser una abstracción cuando tiene una voz, un rostro oculto y una historia que contar.
Los entrevistados hablan, explican procedimientos, reconstruyen decisiones y describen las consecuencias de sus actos, pero el relato no siempre permite distinguir entre el reconocimiento de una atrocidad y el reconocimiento de haber participado en ella. Algunos parecen haber llegado a una conclusión sobre el sistema al que pertenecieron; no queda tan claro cuántos han llegado a una conclusión sobre sí mismos. Hay una distancia enorme entre denunciar una maquinaria criminal y asumir la responsabilidad por haberla hecho funcionar.
La verdadera demolición del documental: No descubrir que existen hombres capaces de cometer atrocidades, sino comprobar hasta qué punto pueden -podemos- vivir con ellas sin que el relato se convierta, necesariamente, en arrepentimiento. La banalidad del mal, como teorizó Hanna Harendt.

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