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México 86: Sobre fútbol y corrupción

  • hace 21 horas
  • 2 min de lectura
La película es pretexto para asomarnos a lo que fue y lo que tenemos en el Mundial de hoy

Jorge Alonso Espíritu / Subterráneos

Lo que Santos Discépolo pensaba del mundo bien podría decirse de la FIFA, la Femexfut y el fútbol-espectáculo: siempre fue y será una porquería. 


Eso es lo primero que salta al ver México 86, la comedia de Gabriel Ripstein y Diego Luna que dramatiza los hechos alrededor de la candidatura y organización del segundo mundial celebrado en el país. 


Se trata de una versión libre de los sucesos, centrados en la figura de Rafael del Castillo, presidente de la federación mexicana en aquellos años, y quien es rebautizado como Martín de la Torre, un funcionario arribista y mentiroso que, con la ayuda de dos empresarios turbios, Emilio Azcárraga y Guillermo Cañedo, logró traer la sede de la justa a México.


La fidelidad de los hechos no debería ser una métrica de calidad del filme, aunque sale al debate público al tratarse de personajes que, aunque ya finados, siguen teniendo influencia en la política mexicana. Así, he encontrado a muchos espectadores confundidos, que reniegan de los hechos o que de plano lo equiparan a un documental. No es así, y no es necesario. La fábula es clara, aunque en suma se quede pobre de filo. 


¿Dónde gana puntos la película? Suena obvio, pero en la recreación de la época, con todo y el filtro de viejo en la imagen. La arquitectura es entrañable, incluso para una película que sucede, principalmente, en interiores. Las oficinas, y pasillos de edificios son reconstrucciones de un México que aún tiene vestigios, y la cantina una fotografía de sitios de vida en peligro de extinción. La aparición del estadio Neza 86 es un momento cumbre para los nostálgicos. 


Si la película gana en forma, algo pierde en fondo. La duración, que roza la hora y media, cosa que en ocasiones podría ser una virtud, aquí juega en contra, con anécdotas no del todo desarrolladas y una comedia que queda corta, sin lograr ser divertida. 


Así, los personajes no terminan por desarrollarse: el viaje de Martín de la Torre carece de profundidad, con amplias elipsis solucionadas con voz en off, que sin embargo dejan un regusto de incompletitud. A pesar de eso, y contra lo que muchos en redes han expresado, las actuaciones me parecen solventes, comenzando por el protagónico de Diego Luna, y destacando a Giménez Cacho como El Tigre Azcárraga. (Cierto que personajes como José Ramón Fernández o Hugo Sánchez se acercan más a la parodia). 


La reflexión final queda del lado del espectador, y une hilos en torno del poder y la pasión: la comparación entre lo que fue y el desastre que tenemos hoy, y la certeza de que el fútbol no es un espectáculo inocente, sino un entramado de intereses y corrupción. 


Enlace de trailer:




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