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Las locuras: viñetas de mujeres disfuncionales

  • Foto del escritor: Subterráneos
    Subterráneos
  • hace 3 días
  • 3 Min. de lectura

Jorge Alonso Espíritu / Colaborador Subterráneos

La nueva película de Rodrigo García reflexiona sobre las presiones sociales, la patologización de la conducta y la dificultad de encajar en los patrones de la "normalidad".


Puebla, Puebla; 21 de enero 2026. Al inicio de Las Locuras, nueva cinta del realizador colombiano Rodrigo Garcia Barcha, hijo de Gabriel García Marquez  (hay que decirlo, ni modo), observamos a una Cassandra Ciangherroti un punto sobreactuada interpretar a Renata, una mujer en arresto domiciliario en un arrebato de pensamiento y acción propio del trastorno límite de la personalidad, o del trastorno bipolar, o del TDAH o, simplemente, de una persona privada de su libertad, sin más interacciones que las que tiene con su padre y con los transeuntes, a quienes provoca con su “locura”, esa que la hace colgarse de la ventana como primate, fingir orgasmos o secuestros. 

Seis viñetas, un día y un ensamble actoral de lujo

No sabemos a ciencia cierta si su actitud provocadora es producto de una patología psíquica (todo parece indicarlo) o, por el contrario, es plenamente consciente de sus actos. Para tratar de dilucidarlo aparece en escena la psiquiatra, interpretada por Ángeles Cruz. Su aparición es decisiva a nivel narrativo y simbólico: su decisión no sólo decidirá si Renata va a la cárcel, también completará el dibujo de las seis historias de esta película contada en viñetas. 


Cada una de estas narrará una historia de relaciones disfuncionales con figuras femeninas al centro a lo largo de un día: la psiquiatra en una cena familiar donde no es bienvenida, una veterinaria especialista en eutanasia, una actriz acosada, una empresaria dudando si entregarse a la pasión, una millonaria comprando una casa. El eje se establece ante la imposibilidad de las protagonistas de encajar en la normalidad del sistema; todas se encuentran, por distintos motivos, en el margen, pero intentan entrar en los patrones esperados por la familia, el sistema laboral, económico, o de plano legal. Como es de suponerse, tal cosa será difícil, no solo por las reglas del drama, sino porque quién en la vida puede lograr encajar por completo. Así, nuestras antiheroinas se enfrentarán a catarsis incompletas que al menos liberarán parte de la frustración contenida. 


Dicha contención se cuenta entre líneas, en diálogos que rozan lo inverosímil, pero se acomodan a la perfección en el drama: comencé diciendo que a Ciangherotti se le nota sobreactuada, pero ese tono teatral se mantiene a lo largo de la cinta, volviéndose convincente al acercarse a la farsa, y lógico en el relato de la actriz, donde el teatro es contexto y parte de un enredo incomodísimo donde las partes del yo se encuentran en abierto desacuerdo. 


Este juego de tensión entre el pensamiento, la intención y la actitud es elevado por un fantástico ensamble actoral que, ya asimilada la lógica del tono, luce superlativo. Hay que nombrarlos: las ya mencionadas más Naian González Norvind, Ilse Salas, Natalia Solián, Fernanda Castillo, la recientemente laureada Luisa Huertas, Monica del Carmen y Adriana Barraza, y por los hombres, Alfredo Castro, Roberto Sosa, Lázaro Gabino, Raúl Briones, entre otros nombres.  


Las locuras se trata, sí, de una película de actores. De actrices. Pero también es una reflexión sobre las presiones sociales sobre las emociones, fundamentalmente las femeninas. Sobre la patologización de la conducta, y lo normal -incluso lo positivo- que es desencajar en una sociedad violenta. 


Después de un brevísimo paso por salas del circuito alternativo, Las locuras ya se encuentra para su visualización en Netflix. 



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