La Reserva: la estética como política
- Subterráneos
- hace 4 días
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Jorge Alonso Espíritu / Colaborador Subterráneos

La Reserva, de Pablo Pérez Lombardini, es un drama de ficción con rasgos documentales que narra la historia de Julia, una guardabosques forzada a tomar decisiones imposibles ante la irrupción del crimen organizado
Puebla, Puebla; 07 de enero 2026. Las primeras imágenes de la ópera prima de Pablo Pérez Lombardini no provienen de una cámara cinematográfica, sino de una cámara trampa que nos permite observar la portentosa biodiversidad de los bosques mexicanos. Estas tomas iniciales fijan desde el comienzo el tono de la película: una ficción con rasgos documentales, un relato que podría ser el de decenas de activistas en nuestro país.
Se trata de La Reserva, cinta multipremiada en la pasada edición del Festival Internacional de Cine de Morelia y que transitó por salas independientes poblanas. La película narra la historia de Julia, guardabosques de Monte Virgen, quien, ante la irrupción del crimen organizado en la zona, debe decidir entre defender el territorio que ha cuidado durante años o resguardar su propia vida y la de su familia.
La triunfadora del FICM se posiciona a favor de la lucha forestal
Son varios los motivos que invitan a verla: la referencia inevitable a historias reales de la tragedia nacional (ver El guardián de las monarcas), el rodaje en una auténtica reserva de la biosfera —El Triunfo, en Chiapas— y el protagónico de una verdadera guardia forestal, Carolina Guzmán. Todos estos elementos responden a decisiones éticas que terminan por configurar una estética singular: el uso del blanco y negro, la incorporación de actores naturales y la decisión, nada menor, de incluir una llamada real de extorsión dentro del metraje.
La acumulación de estos recursos podría poner en riesgo la narrativa, pero Pérez Lombardini lo evita al sostener la película desde una reflexión moral que orienta su mirada. En lugar de plantear una confrontación simplista entre buenos y malos, expone las complejidades de la realidad. La Reserva observa de frente la vida en las regiones rurales y el abandono casi estructural al que han sido sometidas, pero también el orgullo, el sentido de pertenencia y el valor polisémico de las mujeres que sostienen la vida comunitaria. A ello se suma la tensión constante entre modernidad y cosmovisión: un territorio violentado por la tala clandestina, el narcotráfico y la corrupción, pero que aún está vivo.

El cruce entre fuerza y fragilidad se intensifica en los silencios prolongados del bosque, en planos que se sostienen más de lo habitual y en la rutina de una guardabosques que comprende que proteger un territorio implica también cargar con una herida colectiva. El trabajo de Carolina Guzmán resulta fundamental para construir esta atmósfera. Su interpretación se aleja del heroísmo tradicional y apuesta por una humanidad cansada, vulnerable, pero firme. Julia no es mártir ni salvadora, sino una mujer enfrentada a decisiones imposibles en un contexto sin salidas limpias ni finales consoladores. Su personaje se inscribe, así, en una serie de protagónicos femeninos que están delineando una época en el cine mexicano reciente (No nos moverán, Sin señas particulares, Noche de fuego).
De este modo, La Reserva se integra a un cine mexicano contemporáneo que entiende la urgencia de mirar el territorio. Es una película incómoda y necesaria, que obliga a preguntarnos por el lugar de quienes resisten desde los márgenes y por nuestra propia distancia frente a esas luchas. En tiempos de devastación acelerada, el filme de Pérez Lombardini recuerda que defender la vida —humana y no humana— es un acto profundamente político, y que el cine, y su estética, también lo son.


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