El Chori hace Box

Flo/Cristóbal/Subterráneos



Puebla, Puebla; 13 de marzo 2021. Se dice que no hay secretos que el tiempo no revele. Puebla guarda algunas de esas confidencias que son al mismo tiempo cualidades y tesoros. Lugares, sabores, sonidos, texturas que el crecimiento y el ritmo frenético van ocultando y cubriendo con luces de neón y cables de fibra óptica. Espacios físicos y oficios que se diluyen y abandonan por los partidarios de la tecnología y lo inmediato. Historias no propagadas pero narradas infinidades de veces al calor de los recuerdos y la nostalgia.

En el corazón de El Refugio, ese barrio alguna vez hosco y ahora decorado con graffittis de colores alegres, se atrinchera un gimnasio a prueba del tiempo, con el orgullo que da el trabajo diario y saberse bueno en los puños.


El Chori Lezama nos narra con calma y amor, historias acumuladas a lo largo de sus 85 años de edad. Relatos enmarcados en un sentido del humor que atrapa y que seguramente se afina con los años y que pocos logramos. Algunas de esas memorias le llevan al año 1980 que fue cuando inauguró este gimnasio en medio de una vecindad que necesitaba limpieza y sacar carretillas llenas de escombro para poder colgar los costales, tensar las peras y colgar los posters de modelos musculosos y chicas con ropas breves que ya descoloridos por el tiempo aún atestiguan esas ganas de embellecer un lugar ya de por sí lleno de personalidad.


El Chori recuerda golpes y trabajo de oficina en Sinaloa, lugar donde oficialmente germinó como boxeador amateur, alejado de su familia poblana y sus compas del barrio que le habían enseñado a defenderse y que lo hizo ganar 7 de las 8 peleas que consiguió en esa calurosa zona del país y que si el réferi se lo hubiera permitido seguramente le hubiera ganado a ese norteño que le abrió la ceja y que el médico de la arena vio como un peligro esa sangre que no paraba y que el Chori ni sentía de lo caliente que andaba por ponerle sus madrazos al oriundo de Los Mochis.


En medio de muchachos que brincan la cuerda y se vendan los puños, este longevo y experimentado boxeador nos cuenta como ahora en este gimnasio que junto con su hijo y nieto habilitan, resanan, dirigen y forman peleadores, se encuentra el motivo de sus existencias. La forma cariñosa pero enérgica en que decretan un cambio de actividad o corrigen un golpe muestran la entrega y esperanza de que de ahí salgan más campeones de los que ya han formado anteriormente como el Pato Balseca o Pedro Ramírez. Este gimnasio es la alegoría del barrio mismo llamado El Refugio, así como la vida es una metáfora misma del boxeo en muchos y perturbadores sentidos, combates que siguen y siguen, asalto tras asalto y con la incertidumbre de cuando tocará la campana.