Son de amour y el amor romántico
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La obra de Karen Tlahuizo cumple 10 años
Jorge Alonso Espíritu/ Subterráneos
Una empleada de limpieza, maquillaje y nariz roja en la cara, entra al escenario a limpiar después de una hipotética obra de teatro. La conserje, soñadora y sensible, está a punto de enamorarse, otra vez, con la complicidad de un público que en ocasiones toma la forma de alumnos de escuela, jóvenes, mujeres o espectadores de un verdadero teatro.
La obra se llama Son de Amor y reflexiona en torno al amor romántico, los deseos e incluso la salud mental, con un humor que, de tan tierno, resulta entrañable. Detrás del personaje está Karen Tlahuizo, con quien hablamos en Subterráneos antes de su presentación en El Breve Espacio.
¿Cuántos años tienes ya con Son de Amor?
Son de Amor... Este año, no me acuerdo si fue en marzo o abril, cumplió 10 años. Un montón.
¿Cómo ha evolucionado el montaje y también tu personaje?
Sí que ha evolucionado. Justo sigo pensando que es como una obra viva, porque ha ido cambiando.
Por ejemplo, la Vero, que es la que me ayuda en la técnica, siempre la goza, ¿no? La goza y la vive distinto, y me lo comparte muchas veces. Me dice: «No mames, ¿puedo llorar otra vez? Ya la vi un chingo de veces y puedo seguir llorando y me sigue sabiendo distinto».
Esta magia de la payasería tiene que ver con el juego con el público. Los juegos también pueden variar un montón con el tipo de público que está presente. Eso hace que sea distinta en todos los montajes. Pero que en esencia haya cambiado creo que también tiene que ver con reflexiones de mi propia vida, de mi camino.
¿De dónde nace la idea de Son de Amor?
Cuando montamos esta obra, yo estaba en un proceso de vida en el que tenía dudas existenciales en relación con el amor: si dejarme llevar por lo romántico o por lo sexual.
Me acuerdo de que en las primeras exploraciones terminé jugando con una lámpara y un trapeador. Era como: «¡Oh, no! Me voy aquí, allá...».
Ya luego no hubo una lucha entre esos hombres con los que el personaje podía jugar o luchar; más bien se concentró en la conquista de uno solo, que creo que era más apegado a mi realidad: intentar conquistar y lograr ser mirada, amada y aceptada por alguien.
Entonces, la historia terminó creándose alrededor de una mujer que limpia un teatro. Cuando llega a limpiar, pasa una cosa mágica y se le aparece el trapeador, que representa la idea de la posibilidad de amar.
Empieza todo como su sueño, que es un juego pegado a la historia de La Cenicienta, narrativas con las que crecí de morrita, de niña, de esperar y anhelar a tu príncipe azul.
En algún momento sentiste que ese mensaje sobre el amor podía convertirse también en un problema.
Un día la directora me dijo: «¿Y qué tal si un día nadie se quiere parar? ¿Qué vas a hacer?».
Yo dije: «¿Cómo chingados no se van a parar? Voy y los saco de su lugar».
Sentí que empecé a hacer eso también con mi vida: a huevo tengo que vincularme y estar con alguien, y esa es la manera de ser feliz en esta vida; si no estás emparejado con nadie, no hay felicidad que pueda habitar en ti.
Cuando me vi haciendo eso, pensé: «Rayos, tampoco sé si este es un mensaje que quisiera dar».
¿Qué le estoy diciendo a las otras chicas y chicos? Más en especial a las chicas: «No te preocupes, si no te pelan aquí, mañana habrá alguien que te pele».
Bueno, ¿y si no? ¿Y si no llega nadie? ¿Nunca van a ser felices? ¿Yo nunca voy a ser feliz? ¿Solo voy a ser feliz si vivo con alguien?
¡No! Eso no lo quiero para mí ni quiero reproducirlo ni repetir esta narrativa. ¡Basta!
Cuando pensamos en payasos, muchas veces pensamos en la pura diversión y el sinsentido. Sin embargo, en tu trabajo aparece también la vulnerabilidad y la posibilidad de llorar. ¿De dónde viene esta manera de entender la payasería?
Creo que, de por sí, mi trabajo desde la formación está conectado con la arteterapia y un poco con la Gestalt.
En el centro donde he tomado muchos talleres, que es el CAE (Conciencia y Artes Escénicas), la gente trabaja clown hospitalario. Néstor, por ejemplo, es formador de Los Apapachos y profesor de arteterapia de allí.
Ver esta formación de clown, los talleres que llegué a tomar en el CAE —donde también ha tomado Ira, Vane, por ejemplo, que tiene este espectáculo de Riñón, donde habla de la vulnerabilidad y fragilidad de su vida puesta al servicio del humor—, coincidimos en que tenemos una raíz aquí, en este espacio donde la psicología está atravesada y el clown y el humor son una herramienta para explorar.
La otra referencia es Gardi Hutter, una artista que admiro un chingo, es mi virgencita de la payasería.
Ella comenta que cuando se hizo payasa y se dio cuenta de cómo estaba en el mundo, no tenía referencias de mujeres clowns porque es una señora de 70 años. Cuando ella empezó, no existía el mundo que existe hoy para mí: redes de payasas, festivales, encuentros, laboratorios.
A ella le tocó una época donde en el circo las mujeres se disfrazaban de hombres para poder ser la figura del clown, porque no había un lugar para habitar una figura femenina como payasa. «Si no hay referencias, pues yo las voy a crear».
En este movimiento de payasería, las mujeres de por sí tenemos una ventaja: hablar de nuestra fragilidad y vulnerabilidad.
Que exista esta herramienta y tengamos acceso al humor inevitablemente nos lleva a usarla para esto que nos gusta hacer: hablar de nuestra fragilidad, exponerla y encontrarle un sentido.
¿Y cómo reacciona el público?
Creo que me va bien.
Con Son de Amor, por ejemplo, cuando la estrenamos yo decía: «Es que es mi vida... la gente va a pensar que así pienso y que por estas cosas sufro». Pero alguien me dijo: «Una historia, entre más personal sea, se vuelve más universal». Me acomodó la frase.
Luego entendí que el público se conectaba no porque me estuvieran enjuiciando, sino porque se veían proyectados. Creo que es un regalazo que mi cabeza y mi cuerpo puedan jugar con esto y darle al público un momento de gracia entre la tristeza o el suicidio.
Es curioso, porque me he preguntado qué va a pasar el día que alguien me quite la cubeta.
En una función con adolescentes, donde uno tiene que remar porque son funciones rudas, fue la única vez que alguien se paró a salir corriendo e intentar pausar el momento de aventarme la cubeta. Como vi que venía, me la aventé rápido para que la obra siguiera.
Gusta mucho poder hablar de amor, de tristeza y abordarla desde este juego respetuoso con el propio público; no me meto con alguien para exhibirle, sino que el lugar que se le da al público desde el humor es de respeto.
¿Por qué crees que son importantes el arte y la risa en una ciudad como Puebla?
Que exista Vabieka es una oportunidad de rebeldía, de poder usar el espacio público que se nos está negando como ciudad, donde se le da permiso a las empresas restauranteras para expandir sus mesas pero tú no puedes usar una mesa si no es para consumir.
Que podamos hacer un festival, habitar el espacio con el humor... el espacio más democrático siempre va a ser la calle.
Usar la calle para proponer nuevas narrativas de cómo podemos atravesar y mirar la vida, de cómo relacionarnos con nuestra feminidad no siempre desde un lugar frágil y vulnerable, sino de resistencia y rebeldía:
«Así me río yo».
Para cerrar, ¿qué viene para Karen Tlahuizo?
Que no se pierdan mi cartelera: tengo más espectáculos y shows.
Este año voy a construir, con sus impuestos, un espectáculo que se llamará El Sa-son de la Tía Queso.
Mi juego es con el Son, así que está Son de Amor, DJ Set Son, Son-ia Noticias, Son-bi: Una Payasa en el Apocalipsis.
Ejecución de la obra: Karen Tlahuizo
Dirección escénica: Vanessa Nieto
Creación: Las Gramelots

Fotos gracias a Karen Elizabeth (Gestora MX)
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