Mierdas punks: Una historia de la periferia
Jorge Alonso Espíritu / Subterráneos

Nadie es inocente, de Sarah Minter
El título de la nota podría ser ofensivo, marginante, o bien, descriptivo. A mediados del siglo pasado, la Ciudad de México vivió una expansión de la mancha urbana desproporcionada y desordenada, que lo mismo creó una profunda desigualdad en su interior, explorada por el cine mexicano (Los olvidados), que cinturones de miseria alrededor de la capital, conformados por migrantes del México rural o expulsados de la propia ciudad.
El caso más evidente es el de Ciudad Nezahualcóyotl, un municipio improvisado al oriente del Distrito Federal, en los terrenos fangosos del Valle de Texcoco y a un costado del Bordo de Xochiaca, uno de los tiraderos de basura al aire libre más grandes del país. En ese territorio improbable se asentó una de las poblaciones más paradigmáticas de la llamada periferia: una población enorme, sumida en la pobreza, sin recursos ni servicios públicos y con todos los problemas sociales que ello conlleva: analfabetismo, inseguridad, consumo de sustancias, clientelismo político, desintegración familiar.
En esa Neza, que a la postre llegó a ser el municipio más densamente poblado del país (17,500 habitantes por kilómetro cuadrado), se vivió también, intensamente, un surgimiento poco explorado de la contracultura. De ello hablan las películas Nadie es inocente y Nadie es inocente, 20 años después, que la Cinemateca Luis Buñuel, de Puebla, proyectó en colaboración con el festival Ambulante.
En 1987, la documentalista y videoartista Sarah Minter acudió a los terrenos de Nezahualcóyotl a seguir la pista de un grupo de jóvenes, casi todos ellos en la adolescencia, que sobrevivían en un entorno paupérrimo, sin esperanza, malsujetados a un pedazo de vida que incluía, fundamentalmente, rock pesado, alcohol, solventes, basura, nihilismo y violencia.

Los Mierdas Punk, como se hacían llamar, poco tenían que ver con sus similares ingleses, o más bien, eran radicales a fuerza: mientras aquellos usaban ropa de segunda mano, que recortaban, rasgaban o pintaban, estos tenían que recoger sus prendas del tiradero de basura. Mientras allá les negaban espacios y les cancelaban conciertos, en Neza las tocadas en los verdaderos hoyos funky terminaban en tortura policial o, directamente, en asesinatos a sangre fría. Mientras los ingleses cuestionaban el sistema, los Mierdas habían sido completamente expulsados de él.
Y el documental Nadie es inocente lo muestra con claridad. Lo denuncia sin arrogancia ni condescendencia. Las imágenes de los chicos en el bordo, de las razias policiales, del desmadre, son auténticos tesoros de la cinematografía social mexicana. Tanto más si se añade la vocación experimental de la directora, que construye una película sui géneris, entre la narración en off del protagonista, el sonido sobrepuesto y la experimentación en la cinta.

El complemento de este espléndido trabajo lo puso la propia Minter en 2010, cuando estrena Nadie es inocente, 20 años después. Como se infiere por el título, la directora vuelve a una Ciudad Neza completamente transformada —lo que no quiere decir que se hayan solucionado sus problemas— a buscar y hablar con lo que queda de los Mierdas Punk. El protagonista de la primera cinta ya había muerto para entonces, como muchos de los integrantes, todos en situaciones trágicas. Entre los vivos, una multiplicidad de destinos, entre la resiliencia, la esperanza y el trabajo político. Las entrevistas y la mezcla de imágenes entre los ochenta y los dos mil delinean un ensayo sobre la marginalidad, el arte y la vida, sobre la periferia tan temida y la resistencia humana.
Nadie es inocente:
Nadie es inocente 20 años después:
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