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Laura Acosta: una voz de mujer desde Avándaro

hace 1 hora
4 min de lectura

Ildefonso López / Subterráneos

A 55 años del Festival de Rock y Ruedas, su testimonio recupera la experiencia de la primera  generación de mujeres hippies que rompieron el orden establecido
Foto de Graciela Iturbide
Foto de Graciela Iturbide

Puerto Escondido, Oaxaca, 6 de septiembre de 2026: El Festival de Rock y Ruedas de Avándaro cumple 55 años este 11 de septiembre. Para conmemorar la fecha, el Foro Alicia organizó un conversatorio con Ramón Ochoa, baterista de Peace and Love; David Cortés, periodista y escritor; Javier Hernández Chelico e Iván Nieblas, periodistas; Víctor Moreno, responsable del escenario y backline durante el festival, y Laura Acosta.


Hablar de Avándaro también implica recuperar las voces de las mujeres que participaron en la contracultura. Su presencia quedó reducida durante décadas a unas cuantas líneas de la historia oficial, acompañada por los prejuicios y estigmas de una sociedad patriarcal.


La historia de Laura Acosta es una de esas voces. Su testimonio conserva el espíritu rebelde de una generación que encontró en el rock, la paz y el amor una manera distinta de mirar el mundo.


De las pistas de hielo al movimiento hippie


A finales de los años sesenta, Laura tenía apenas 14 años. En 1968, mientras México vivía el movimiento estudiantil y una intensa movilización social, ella descubría el movimiento hippie.


“Siempre fui rebelde, muy inquieta y acelerada. Empecé a tener problemas con mi familia y en la secundaria por mi forma de ser”, recuerda.


Desde los 12 años acudía a las pistas de hielo de la Ciudad de México. La de Insurgentes se convirtió en punto de encuentro con una nueva generación de jóvenes, rockanroleros y hippies. Ahí se presentaban grupos que años después llegarían a Avándaro. Los Dug Dug’s, recuerda, eran “los number one”.


La pista se transformó en un espacio donde circulaban el rock, nuevas modas y otras formas de relacionarse con la sociedad. Aunque su familia intentó prohibirle asistir, Laura continuó asistiendo a escondidas.


“Así fue como entré al movimiento hippie, por medio de la pista de hielo.”


A los 14 años comenzó también su lucha por independizarse. Hubo conflictos familiares, intentos por regresar a la escuela y varias fugas de casa. Su hermano, tres años mayor, participaba en el ambiente político desde el marxismo, mientras ella se identificaba con la consigna hippie de paz y amor.


“Para mí era paz y amor; para él, revolución.”


A los 15 años llegó incluso a la sierra de Oaxaca. Su vida se convirtió en una búsqueda personal que la llevaría hasta 1971.


El padre Marroquín


Laura recuerda al padre Enrique Marroquín y a Horacio Caballero como guías espirituales de aquella juventud.


“Éramos muy religiosos, más espirituales que desmadrosos. El padre Marroquín estaba en la Iglesia del Sagrado Corazón, en la colonia Del Valle. Se acercó mucho a nosotros; junto con Horacio Caballero, nos cuidaban.”


Antes de Avándaro, Laura llevó al sacerdote a conocer a sus padres para convencerles que ella y sus amigos eran jóvenes que buscaban otra forma de vivir diferente.


“Los papás pensaban que las mujeres andábamos de prostis. En las palabras del padre Marroquín encontramos puro amor.”


El Parque Hundido y la marcha hippie


El Parque Hundido era otro punto de reunión. Laura recuerda una marcha que partió de ahí rumbo a la glorieta de Insurgentes y que terminó con represión policial.


“Los agarraron a macanazos los policías. Le rompieron la cabeza a Enrique ‘el Perro’ Bermúdez. Todos nos conocíamos desde la pista de hielo de Insurgentes.”


Avándaro


La noche del 10 de septiembre fue caótica. La lluvia convirtió el terreno en lodo. Laura cayó en una zanja cercana al escenario, donde se protegía el tendido de cables, y sus amigos no pudieron verla.


Un grupo de jóvenes la ayudó a salir y le ofreció refugio en una improvisada casa de campaña. Sin embargo, eran siete muchachos y ella estaba sola. Les pidió que la acompañaran al estacionamiento para buscar a sus amigos. Lo hicieron y terminaron convirtiéndose en amigos de la “güerita”.


Nunca los encontró.


Finalmente, trabajadores de la organización la llevaron al Hotel Avándaro, donde había una fiesta. Al día siguiente recuerda con precisión el desayuno: “Bistec a la mexicana, frijoles, jugo de naranja y leche. Fue la única comida que había tenido en dos días, en esos tiempos no se tomaba café como ahora”.


Foto de Excelsior
Foto de Excelsior

Al regresar al estacionamiento continuó buscando a sus amigos hasta encontrarse con Luis, su vecino y “amor platónico”, quien años después sería el padre de su hijo.


También se reencontró con con otros amigos,  Loris y Benito, quienes habían llegado con su hija de apenas dos meses. Laura recuerda que el padre Marroquín los había enlazado en matrimonio:  “casaba a las parejas que seguían aquel movimiento”.


En medio de la multitud apareció Agustín Islas, viejo rocanrolero vinculado con los Teen Tops y Los Rebeldes del Rock, quien la invitó a refugiarse en una combi. Ahí se encontró con Pepe Estevané.


“Me quedé con ellos y ya no me moví.”


Desde la combi de Waldo Tena, Laura y Pepe observaron buena parte de lo que ocurría en Avándaro. Años después, Pepe recordaría aquel momento: “Estuvimos juntos toda la noche sobre la combi”.


La Ópera Tommy el inicio de una vida independiente


Después de Avándaro, Laura regresó a casa. Pero una noche, tras asistir a la puesta en escena. La Ópera Tommy en el mes de octubre de 1971,  en Ciudad Universitaria, le dieron las 10 de la noche.


“Ya era un horario prohibido y no regresé nunca más. Ahí empezó mi vida independiente.”


Vivió en distintas comunas y posteriormente en Oaxaca, donde pasó por Zipolite y San Felipe del Agua, sobreviviendo en buena medida de los recursos que ofrecía la naturaleza. Actualmente vive en San Miguel de Allende.


Más allá del mito, las cifras y las versiones oficiales, el testimonio de Laura Acosta permite mirar Avándaro desde otra perspectiva: la de una adolescente que encontró en la contracultura un espacio para cuestionar las reglas, escapar de los prejuicios y comenzar a construir su propia libertad.


Su historia recuerda que detrás del gran festival también estuvieron las experiencias personales de cientos de jóvenes, y particularmente de muchas mujeres, que hicieron de aquellos días una ruptura con el México conservador de su tiempo.


A 55 años de Avándaro, recuperar esas voces resulta indispensable para comprender no sólo lo ocurrido en septiembre de 1971, sino también lo que aquella experiencia significó para las mujeres que decidieron desafiar las reglas.


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