Esteman y Spalla: sobre el amor de los fans y el odio en redes
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Subterráneos
La “Serenata” pop convocó a miles de poblanos en una expresión abierta del afecto y el disfrute del espacio público, pero también desató una ola de comentarios homofóbicos y de odio en plataformas digitales

Puebla, Puebla. 17 de febrero de 2025. La “Serenata” que los músicos sudamericanos Esteman y Daniela Spalla protagonizaron el viernes pasado en un balcón del centro de Puebla fue un evento memorable de muchas formas, así como un suceso poliédrico en cuanto a los ángulos de análisis que nos permite abordar. Como presentación de un espectáculo pop, no fue menos que exitoso: miles de poblanos se congregaron frente a la esquina de la 2 oriente y la calle 5 de mayo, abarrotando los accesos a las calles y provocando, en un último momento, que la calle fuera completamente cerrada al tránsito vehicular.
Sin embargo, la respuesta del público digital en los diversos medios de comunicación fue un tanto diferente, con reacciones polarizadas entre los seguidores de los músicos, y un número no insignificante de comentaristas con discursos de odio que transitaban del simple menosprecio -“ni en su casa los conocen”-, hasta enunciados directamente homofóbicos que señalaban al compositor colombiano, y a un fan que tuvo la fortuna de subir con ellos al improvisado escenario.
Se trata de Esteban Mateus Williamson y Maria Daniela Spalla, ambos, con más de una década de carrera, han sabido labrar su fama a través del trabajo en redes sociales, un sonido profesional, estudios, y la influencia reconocible de artistas provenientes de diversos sectores de la música latina: desde el pop y la cumbia (Ximena Sariñana, Los Ángeles Azules), hasta el pop-rock en español (Leiva, Kinky, Natalia Lafourcade, Li Saumet), sin ocultar sus intenciones mainstream ni temer a la realización de propuestas de autor.
Como dúo, su temática es simple: cantar de la vulnerabilidad, el deseo y las formas contemporáneas del amor. De hecho Esteman se ha declarado abiertamente gay, y ha buscado normalizar y naturalizar su orientación en una sociedad que, parece, sigue tomando el tema como un tabú. Es cierto que esto no debería ser importante si no fuera porque en el espectáculo, como en la vida, lo personal es político. Y viene a cuento porque las agresiones recibidas, como se señaló antes, enfatizaron en la orientación sexual, de los músicos, en el cuestionamiento de los roles de género de los escuchas, y en la presencia del fan señalado antes.
Convendría preguntarnos por qué la expresión abierta del afecto continúa generando escándalo. ¿Qué amenaza representa un joven cantando con efusividad a sus ídolos? ¿Por qué el gesto amoroso se vuelve objeto de escrutinio moral? ¿Por qué se busca sancionar la sensibilidad masculina cuando se aparta del molde tradicional?
En este sentido la música, incluso el pop, tiene mucho que decir. El discurso abierto en contra de la represión (sexual, en este caso), el disfrute del espacio público, el gozo y la capacidad de una comunidad para congregarse confrontan a un sector de la sociedad poblana que se resiste a dejar el pasado de censura y moralismo que por años ataron el arte y la cultura en la ciudad.
Lo ocurrido en ese balcón fue, al mismo tiempo, una celebración y una prueba. Celebración de una generación que canta sin pedir permiso; prueba de que la conversación pública sigue siendo un terreno disputado. Entre la multitud que coreaba en la calle 5 de Mayo y la que comentaba desde el anonimato se dibuja un reto que los poblanos tenemos pendiente: la posibilidad —todavía frágil, todavía contestada— de habitar el espacio público con afecto, sin que eso sea motivo de escarnio.
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