El Laberinto de Tim Burton en la Ciudad de México
- Subterráneos
- 25 sept
- 3 Min. de lectura
Beto Vergara / Subterráneos

El gótico burtoniano abrazado por la memoria de los muertos
Puebla, Puebla; a 24 de septiembre de 2025. El Lienzo Charro (Av. Constituyentes 500), a un costado del Panteón de Dolores, se transformó desde el 25 de junio, y hasta el 5 de octubre, en la entrada a un universo peculiar: El Laberinto de Tim Burton. La exposición itinerante, que ha recorrido ciudades de Europa y Asia, llegó a la CDMX con más de 200 piezas originales, decenas de salas temáticas y un recorrido que promete no repetirse nunca de la misma manera. Burton mismo visitó el país para su inauguración y no fue casualidad que se dejara ver en escenarios tan emblemáticos como Xochimilco o Tepoztlán. En Xochimilco, incluso dirigió el videoclip "The Dead Dance" de Lady Gaga, el cual reforzó su vínculo con lo surreal y lo mexicano, demostrando que su relación con México es más que circunstancial.
Al laberinto llegué por invitación de mi papá; los boletos los había comprado mi hermana en línea con tres semanas de anticipación. Un detalle nos puso tensos desde antes de entrar: uno de los boletos no coincidía en horario con los otros dos. El temor de no poder recorrer juntos el laberinto se disipó rápido: en la entrada los organizadores resolvieron el problema con calma y eficacia.
Ni siquiera era necesario cruzar las puertas del recinto para sentir que ya estaba dentro del universo de Burton. Afuera, los puestos de vendimia y algunos cosplayers daban la bienvenida a un mundo extraño y el hecho de que la exposición se montara en el Lienzo Charro, junto al panteón más emblemático de la Ciudad, parecía un guiño intencional: el gótico burtoniano abrazado por la memoria de los muertos.
Los “fantasmas de overol” nos recibieron en la entrada. Chicos vestidos con monos azules nos daban instrucciones: no volver atrás, no abrir puertas sin número, no asomarse donde no correspondía. Quien rompiera las reglas (decían entre risas) quedaría condenado a recorrer los pasillos convertido en fantasma de overol. Además, dan indicaciones de seguridad, si alguien se marea puede pedir ayuda a estos fantasmas. Entre bromas y protocolos de protección civil, la atmósfera empezaba a confundirse: ¿se trataba de un simple museo o de un auténtico laberinto mental?
El juego estaba claro: tendrás que recorrer las puertas escogiendo números, no hay un orden preestablecido o quizá solo hay que seguir el orden como las puertas vayan llamando. Cada visitante traza su propio recorrido, siguiendo las puertas que le llaman. Algunas salas quedarán fuera para siempre porque estarán en otro cifrado de decisiones.
Mi viaje empezó con “Batman”: bocetos originales, villanos en tamaño real y la risa del Joker colándose como eco perturbador. En “Beetlejuice”, el piso se movía con gusanos gigantes. Al cruzar otra puerta: “Ack, ack, ack” me recibe un marciano apuntándome con su arma, por un instante, la amenaza de abducción parecía real.
El tono cambió al entrar a la sala de “El cadáver de la novia”. Emily y Víctor, separados por metros, cruzaban miradas congeladas. Estar en medio de esa distancia fue como sentir el filo de la ausencia; una corriente helada recorrió mi espalda.
Pero fue en “El joven manos de tijera” donde el laberinto se desdobló en mi propia memoria. Frente a un boceto temprano, reconocí la versión animada que Burton había soñado antes del live action. De pronto estaba en 1994, mirando el canal 8 en una sala llena de adultos, refugiándome en Edward para escapar de las sonrisas incómodas de una reunión familiar. Un parpadeo bastó para regresar al presente, pero no del todo: el laberinto ya había trastocado mi línea de tiempo.
Comprendí entonces que el mareo del que advertían los fantasmas de overol no tenía que ver solo con giros de pasillos o luces parpadeantes. Era la desorientación de cruzar las fronteras entre realidad y ficción, entre la memoria personal y el imaginario de Tim Burton. No salí del laberinto con la sensación de haber visto una exposición, salí como quien regresa de un viaje a través de las sombras y los destellos de una mente que, de alguna manera, también había dialogado con la mía.
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