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El circo de la Lucha Libre

  • Foto del escritor: Subterráneos
    Subterráneos
  • 26 jun
  • 4 Min. de lectura
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La alquimia de la Lucha Libre transforma la realidad en fantasía

Mustafaa Duran / colaborador


CDMX, 26 de junio de 2025. El espectáculo, las emociones, las rarezas, los personajes, las luces, los sonidos, los olores, la comida, la familia, el presentador, el hombre valiente, la mujer fuerte, el acróbata, el mago, el payaso, los enanos, los colores en los vestuarios, las mil historias evocadas en la alucinante fantasía. La fantástica ilusión de los actos nos hace pensar que abandonamos este lugar y nos acercamos a los alucinantes escenarios que nos proyectan aquellos artistas.


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El payaso que nos envuelve de escenarios burlescos y llenos de simplicidad, haciéndonos reír a carcajadas aun con una simple reacción del rostro. Los acróbatas que nos asombran con sus giros y piruetas, convirtiéndose en una especie muy pintoresca de aves retando la gravedad manteniéndonos con los pies en la tierra. El mago que con un movimiento fortuito nos rememora que todo en este mundo es posible siempre y cuando tengas los movimientos precisos para cambiarlo. Los enanos que con su oportuna aparición rompen la aparente realidad y nos sumergen en un escapismo irreverente donde el hombre más valiente y la mujer más fuerte rompen su estatus de semidioses para quedar perplejos ante tal aparición espontánea. Entre cada acto hace presencia aquel personaje que, aunque es parte del show, se reviste de un papel que rompe con ese mundo y se inserta en el nuestro, aquel que se encuentra entre los dos mundos, quien nos invita a dejar este mundo “normal” para asimilar la naturaleza irreal de ese mundo que se nos presenta.



Cualquiera pensaría que estoy hablando del circo, un show que va anunciando su paso por los más recónditos lugares, llamando la atención por sus actos tan únicos y espectaculares que desafían la comprensión del ser humano, personajes tan deslumbrantes y torcidos que si los sacaran de ese entorno irreal no tendrían cabida en el orden de la sociedad. Pero si nos ponemos a pensar minuciosamente en las características de cada personaje, nos daríamos cuenta de que estoy hablando de la Lucha Libre.  Un show que alude a un combate, a un enfrentamiento, que nos llama a formar parte de uno de los bandos, dos hemisferios contrarios, uno se construye desde el orden y el otro desde el caos, los pensamientos más profundos de cada persona los lleva a simpatizar más por un bando que por el otro. Aquel que busca la redención a partir de hacer las cosas de forma correcta y el otro que solo busca la sublimación de la victoria sin importar el precio. Todo es un rito circense, un preámbulo para el sacrificio.



Las emociones, los gritos, el llanto, el enojo, la valentía, el miedo, el coraje, la habilidad, la fortaleza y la agilidad se engendran en esa área encordada de 4X4 metros y desde ahí mismo son proyectados hacia el respetable público quien se encarga de amplificar las dimensiones. Es un mundo diferente dentro del mismo mundo de la Lucha libre; escuchar las mentadas, los silbidos, las ovaciones. El desgaste que el público sufre se ve retroalimentado por aquellos que se pasean ofreciendo botanas y bebidas, máscaras y recuerdos. La verbena popular que se instaura dentro de cada show nos hace especular sobre los ídolos y sus andanzas, sobre los villanos y sus felonías, se convierten en ídolos y villanos sin tener que salir de esa pequeña área delimitada. Las personalidades se difuminan entre los deseos y las frustraciones del respetable público, se hacen únicas y alegóricas. 



La perspectiva de la confrontación confunde al público y lo hace exigir más de esos movimientos, más de eso que escapa de la realidad, más de esa personalidad inalcanzable, solo posible de reencarnar a través de un disfraz, de una indumentaria ilusoria, de una máscara que sobrepone una historia para luego convertirse en leyenda. Un rey, un vagabundo, un animal, un mito, un demonio, un ser celestial, la venganza encarnada o la purificación del alma. Todo esto se encuentra arriba del ring.


¿Qué nos cuesta extraernos, simular, dejarnos arrastrar por la oleada significativa de los vestuarios y creer que lo que vemos es la realidad sumergida de nuestros seres más idílicos?


El respetable público forma entonces esa barrera de lo que se ha de llevar a cabo en la proyección de aquel mundo hacia el nuestro. La rivalidad del bien contra el mal siempre nos pone en manifiesto la desequilibrante naturaleza humana, ¿por qué nos convencemos de apoyar al malo, aun cuando sabemos que se vale de sus artimañas, o porqué aun cuando parece infructuoso apoyamos al técnico, acaso la debilidad del otro nos conmueve? Nuestro sentido moral nos mueve hacia al encuentro con el personaje, pero también el sentido estético nos anima a ver repetir esos movimientos, ya sean en forma de imponentes llaves, que inmovilizan al rival, mostrando la gran técnica y fortaleza física, o en forma de lances, sorprendiéndonos, por su dificultad y alto grado de riesgo, lo que nos muestra la agilidad y valentía del ejecutor. Estos movimientos nos envilecen y nos hacen recapacitar sobre la fragilidad de la vida, de la posibilidad de que algo salga mal y que no haya vuelta atrás. Esos movimientos que nos trasladan a la fantasía son los mismos que nos ponen al borde de la expectativa fatal. Nos hacen pensar en algo tan real como la muerte en un instante.



Una tradición, tan fantasiosa como cruda y real, que nos envuelve porque nos explora, nos alimenta y nos vacía de emociones, nos lleva a la reducción del ridículo, pero también nos recuerda la fragilidad seria de la vida misma. La lucha libre no pudo tener mejor nicho de concepción que el país más surrealista: México. Donde se ha convertido en toda una panacea cultural y su sublimación en nuestro mundo se ha traducido en un escaparate para convertirse en máximas figuras, ya sea como ídolos o como villanos.


La Lucha Libre mexicana nos quita el rostro para ponernos una máscara.

 

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