Kneecap: furia, humor y compromiso
- 15 may
- 3 min de lectura
La película de la banda de hip-hop y su nuevo disco, son una lección de arte incómodo
Jorge Alonso Espíritu / Subterráneos

Puede sonar atrevido, pero estoy seguro que, en la actualidad, pocas bandas son tan relevantes como el trío norirlandés Kneecap. Lo digo por la potencia de su música, pero también por su capacidad de incomodar y levantar ámpula, al grado de acumular cientos de miles de aguerridos detractores de ambos lados del espectro político, de ser perseguidos, vigilados, censurados, prohibidos, y a pesar de ello seguir creciendo, brutalmente, en cuanto a su sonido y su público, siendo parte de movimientos como la lucha por el reconocimiento del idioma irlandés, y apoyando públicamente a Palestina.
Pensaba lo anterior mientras escuchaba, hace unos días, el nuevo disco de la banda: Fenian, una evolución en su sonido, antes irreverente y festivo, dentro de la explosividad y la rabia que destilaban, a uno más oscuro, potente, comprometido políticamente, con referencias históricas y un discurso anticolonial. Esta transformación se puede leer como una reacción a lo vivido en los últimos años: la censura en festivales de música, la prohibición de entrar a Canadá y, sobre todo, la causa penal contra Mo Chara, uno de sus integrantes.

Sorprende, aunque no tanto, saber que Fenian ya tenía una versión; un álbum completo ya grabado, pero el grupo decidió retrasarlo para madurar su voz y su sonido. Decisión acertada, concluye uno al terminar la escucha. Así tenemos letras y ritmos potentes sobre el proceso judicial vivido, contra Israel y el Reino Unido, o una canción que mezcla los idiomas árabes y gaélico.
Pero, parte de la explosión de su cada vez más amplia popularidad se debe al estreno en 2024, de su película homónima: Kneecap, una de las biopics musicales más anárquicas, atípicas y divertidas que se hayan realizado jamás.
La cinta, centrada en la formación de la banda en medio de las manifestaciones por el reconocimiento del gaélico como una lengua oficial en Irlanda del Norte -nación bajo el dominio del Reino Unido, y con una historia de confrontación al imperio-, nos muestra los excesos de tres personajes que, sin esperarlo, armaron una bomba casera metafórica, llena de drogas, música y política. El resultado es tan desternillante como gozoso.
No es una historia de tipos buenos. Es una historia de rebelión, de estar perdido en el mundo, pero de tener convicciones para hacer vivible la vida. La propia y la comunitaria. Por ello, en medio del desmadre, el delirio químico y los beats a todo sonar, encontramos escenas de una ternura tan sutil como impactante.
Si la narrativa ya pesa, la manufactura de la cinta termina de conquistar. Es cierto que las influencias son visibles (movimientos de cámara, montaje, ideas que remiten a Trainspotting), pero eso no hace que el resultado sea menos genial: un ir y venir entre una realidad hosca y el viaje que echan a andar, un poco sin querer, estos herederos musicales del IRA.
En conjunto, el nuevo disco (disponible en todas las plataformas de streaming), y la película (en HBO Max), son piezas valiosas, y una lección de rabia y compromiso político en el quehacer artístico. Un recordatorio de que el arte incómodo sigue siendo necesario precisamente porque molesta.

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