Festival Glow Puebla
- hace 2 días
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La ciudad dejó de ser escenario, para convertirse en protagonista
Beto Vergara / Subterráneos

Centro Histórico, Puebla; 23 de abril de 2026. El Glow Festival Puebla 2026 llegó como una promesa importada desde el viejo continente: luz, tecnología y arte dialogando con la arquitectura de una ciudad histórica.
Un formato ya probado en Europa que, por primera vez, aterrizó en Latinoamérica con la promesa de convertir a la ciudad de los Ángeles en un circuito nocturno de luz proyectada en la arquitectura colonial. Como todo evento con etiqueta internacional, también llegó con expectativa, quizá demasiada.
La conversación digital vs la realidad de la calle
En redes sociales, el festival se partió en dos narrativas: Por un lado, quienes esperaban algo más espectacular, más inmediato, más cercano al impacto visual del videomapping tradicional. Por otro, quienes encontraron en el recorrido algo más sutil, más pausado, incluso más interpretativo.
Sin embargo, había un dato imposible de ignorar y es que cada noche el recorrido estuvo lleno de caminantes disfrutando, haciéndose la foto o interpretando los juegos de luces.
El peso de la expectativa
Uno de los puntos donde esa expectativa chocó con la realidad fue la Catedral de Puebla. Donde algunos asistentes esperaban un despliegue más cercano a los videomappings que ya han intervenido ese mismo espacio en años anteriores: narrativas visuales dinámicas, animaciones complejas, espectáculo. En cambio, lo que encontraron fue algo distinto: una proyección más contenida, sin movimiento, casi contemplativa.
Y aquí se abre una pregunta clave: ¿el problema fue la propuesta… o la expectativa con la que se llegó?
El Festival Glow no estaba diseñado para consumirse en segundos.
Cada punto tenía su propio pulso. No bastaba con solo mirar, había que detenerse. Algunas piezas integraban sonido, otras requerían tiempo, y algunas más pedían participación directa. Un caleidoscopio en vivo que transformaba a los asistentes en parte de la obra.
Instalaciones interactivas donde el observador dejaba de ser solo espectador como en el ex Convento de San Roque, donde proyecciones construidas a partir de selfies enviadas mediante código QR hacían la experiencia única minuto tras minuto. Aquí la lógica era que la obra no estaba completa sin el espectador, la comunicación y la tecnología.
La ciudad como interfaz
El festival logró convertir el Centro Histórico en un flujo continuo de personas habitando de noche en una experiencia a pie. La ciudad dejó de ser escenario, para convertirse en protagonista.
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