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El rock oaxaqueño de los 80 volvió a sonar

  • Foto del escritor: Subterráneos
    Subterráneos
  • 11 sept
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 11 sept

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Una máquina del tiempo que reunió a generaciones enteras

Silvia Chavela Rivas / colaboradora


Oaxaca, Oaxaca; 6 de septiembre de 2025. La noche cayó sobre Oaxaca con un aire distinto. En las calles cercanas al recinto se respiraba una mezcla de expectación y memoria: playeras negras, chamarras de mezclilla, cabelleras ya canosas que en algún tiempo fueron melenas desbordadas de rebeldía. El motivo no era menor: el reencuentro de los grupos que marcaron la escena del rock local en los años 80.


El festival fue más que un concierto: fue una máquina del tiempo que reunió a generaciones enteras. Ahí estaban Arma, Parafonía, The Road Runner´s, X2 Verde, The Nikki Band, The Eggs y Exintegrantes de  Cuero y Metal, nombres que en su momento sacudieron escenarios improvisados, bares y foros universitarios, cuando tocar rock en Oaxaca era casi un acto de resistencia cultural.


Los acordes comenzaron con cierta timidez, como si el tiempo pasara factura, pero apenas se encendieron las guitarras y retumbaron las baterías, la energía juvenil regresó a los músicos y al público. Se escucharon riffs que parecían guardados en la memoria colectiva, y de inmediato el coro espontáneo de los asistentes llenó el lugar.


Los reencuentros fueron entrañables: abrazos en el escenario, dedicatorias a los que ya no están, historias compartidas entre canciones. Hubo quienes viajaron desde lejos solo para volver a escuchar en vivo aquellas rolas que acompañaron su adolescencia. Entre la multitud, padres rockeros alzaban a sus hijos para mostrarles lo que fue “su época”, mientras otros simplemente cerraban los ojos para dejarse llevar por la nostalgia.


Más allá de la música, el festival organizado por el Archivo Sonoro de Oaxaca, como parte de la presentación del libro: "Radiografía del rock en Oaxaca. Los 80", se convirtió en un homenaje a una generación que construyó espacios de libertad a través del rock. Un recordatorio de que aquellas noches de garaje y guitarras distorsionadas siguen vivas, porque la memoria sonora no muere.


El cierre fue apoteósico: todos los grupos reunidos en el escenario para una última rola que sonó a despedida, pero también a promesa de continuidad. El público, con el puño en alto, respondió con ovaciones interminables.


Esa noche Oaxaca comprobó que el rock ochentero sigue siendo un lenguaje común, capaz de unir a quienes lo vivieron y a quienes apenas lo descubren. Una celebración de la música, de la amistad y de la nostalgia convertida en presente.




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