A Tampico no llegaron los extraterrestres… llegó el blues
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Fuente: Foto oficial
Tampico Blues Fest demostró que el blues sigue vivo por el compromiso de músicos, promotores y público
Ildefonso López / Subterráneos
Tampico, Tamaulipas; 20 de julio de 2026: Bastó caminar por la Plaza de Armas para comprobarlo, entre edificios de aire francés, la brisa que asciende desde la laguna y los cocodrilos que habitan el imaginario cotidiano de la ciudad, el blues encontró un escenario que, por momentos, parecía trasladar a los asistentes a una pequeña Nueva Orleans tropical. Conforme el sol comenzaba a descender, los primeros acordes fueron ocupando el espacio y la plaza empezó a transformarse en un punto de encuentro para músicos, viejos amigos y curiosos que se dejaban atraer por el sonido de las guitarras.
El Tampico Blues Fest volvió a demostrar que los festivales no sólo sobreviven gracias a los grandes presupuestos, sino a la voluntad de una comunidad que se niega a dejar morir aquello que considera suyo.
Detrás del escenario también hay una historia digna de contarse. La continuidad del Tampico Blues Fest fue posible gracias al esfuerzo colectivo de personas y espacios que decidieron no dejar desaparecer este encuentro. Café Degas, Café Cultura, Soluciones Ambientales, Tampico Blues Company, Jaime Rentería y, de manera especial, el incansable Chalol Trejo, unieron voluntades para demostrar que la cultura puede sostenerse cuando una comunidad hace suyo un proyecto.
Los primeros en tomar el escenario fueron La Montaño Blues Combo, una agrupación integrada por músicos que fueron adolescentes en tiempos de Avándaro En su música no sólo se escuchan años de experiencia; también resuenan las historias de una generación que aprendió a tocar cuando el blues y el rock todavía buscaban abrirse camino en el país. Poco a poco fueron llegando los asistentes hasta formar un público atento, dispuesto a dejarse llevar por el ritmo.
Después apareció Beto Blues Band, y con ella cambió el ánimo de la tarde. El humor se convirtió en un ingrediente más del concierto. La presentación abrió con Me llamo Beto, una canción en la que el propio músico se describe con ironía y complicidad. Entre bromas, improvisaciones y un blues de espíritu festivo, logró una conexión inmediata con el público, demostrando que el género también sabe sonreír sin perder profundidad.
La ruta continuó con San Luis Blues, otra agrupación nacida de músicos con décadas de carretera. Escucharlos fue como abrir una ventana hacia el blues mexicano de los años setenta: guitarras sin artificios, historias sencillas y una manera de tocar donde la honestidad pesa más que el virtuosismo. Su música recordó que el blues en México tiene arraigo.
Cuando la tarde terminó de rendirse ante la noche, llegó uno de los momentos más esperados. Follaje subió al escenario encabezado por el armonicista y cantante Jorge García, quien ha dedicado buena parte de su vida al blues desde finales de la década de los sesenta. La banda celebra 45 años de trayectoria, una historia que se hizo evidente en la respuesta de su audiencia y, de manera especial, cuando rindió homenaje a Rodrigo González, "el más rupestre de todos", con una interpretación de "El Ete".
No hubo necesidad de presentar las canciones. El público las reconocía desde los primeros acordes, las cantaba y las celebraba bailando frente al escenario. Era evidente que entre músicos y asistentes existe un vínculo forjado a lo largo de décadas, una memoria compartida que ha convertido ese repertorio en una auténtica tradición oral dentro del blues mexicano.
La noche cambió nuevamente de color con la aparición de La Diableros. Vestidos de rojo intenso, su imagen remitía al fuego, al misterio y a esa estética de hechicería que inevitablemente evoca las enseñanzas de don Juan. Pero detrás de la propuesta visual hay una banda que entiende al blues como un territorio de libertad. Sus composiciones parten del género para recorrer otros paisajes sonoros, sorprendiendo constantemente al escucha y recordando que la tradición también puede reinventarse.
El cierre correspondió a los anfitriones, Tampico Blues Company, quienes encontraron frente al escenario un público que permaneció hasta el último momento. Había jóvenes, familias enteras y muchos músicos de la escena rockera de la región, todos reunidos por una misma razón.
La agrupación abrió con varios estándares del blues, dejando claro desde el inicio el nivel de sus integrantes. Sobresalió la poderosa voz de Verónica Carreto, acompañada por la energía de la baterista Adriana Aguirre, quien alterna este proyecto con una banda de heavy metal. La alineación se completa con Jesús Carranza en la guitarra, Chalol Trejo en el bajo y Ramón Chávez, en el lavadero jarana y la voz.
El momento más emotivo llegó cuando interpretaron Mi lindo Tampico, una pieza que ha dejado de ser únicamente una canción para convertirse en un himno local. La fusión entre el blues y el son huasteco encontró eco en una plaza que la cantó de principio a fin. Los aplausos impidieron que el concierto terminara ahí. Ante la insistencia del público, regresó únicamente Ramón Chávez con su jarana para interpretar Zacahuil, cerrando el festival con la sencillez de una voz, unas cuerdas y una plaza que se negaba a despedirse.
También se contó con la participación de la periodista y promotora cultural Sandra Redmond y Ana Victoria Lazo, como conductoras del festival y entregaron reconocimientos a las bandas participantes.
Quizá sea cierto que Tampico es tierra de leyendas y visitantes de otros mundos. Pero esa noche los únicos seres extraordinarios fueron los músicos que llegaron con guitarras, armónicas y jaranas para recordarle a la ciudad que el blues también sabe echar raíces. Y, por la respuesta de los asistentes indica que el blues se quedará a vivir en Tampico al igual que los extraterrestres.
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