Amélie y los secretos de la lluvia
- 26 feb
- 2 Min. de lectura

Una animación poética adapta la novela de Amélie Nothomb y explora el nacimiento de la conciencia a partir del placer y la memoria
Reseña
Jorge Alonso Espíritu / Subterraneos
En la novela breve de Amélie Nothomb, Metafísica de los tubos, una niña permanece en estado pasivo, casi vegetal, desde su nacimiento hasta los dos años, cuando recibe una revelación sensorial: su abuela le da a probar una barra de chocolate blanco. No es que su vida cambie en ese momento, es que, de hecho, su vida comienza justo allí, con el conocimiento del placer y la conciencia del deseo, de la memoria, es decir, del yo.
La anécdota permanece, aunque pierde un poco de fuerza, en la versión cinematográfica de la obra, titulada en México Amélie y los secretos de la lluvia, cinta animada de manufactura francesa nominada a mejor cinta extranjera en la próxima entrega de los Óscar. Se trata, como en el libro, de una biografía ficcionalizada, y con una fuerte inclinación filosófica, de los primeros años de vida de la escritora belga Amélie Nothomb, quien nació en Japón debido al trabajo como diplomático del padre.
La película, entonces, no se construye a través de una progresión típica del relato (planteamiento, nudo, desenlace), sino a través de la mirada de una niña privilegiada en un mundo excepcional. La familia europea no solo contrasta en el Japón de posguerra, sino que es recuerdo permanente de la destrucción nipona y los efectos permanentes de cualquier conflicto bélico: la muerte, las pérdidas, el horror.
Pero de tales cosas no tiene culpa la recién nacida, que en su devenir de dios a humano (en cuyo centro se halla el lenguaje) se descubre pequeña, vulnerable, mortal. ¿Vale la pena vivir en un mundo de dolor, de humanos indiferentes y de belleza efímera? La respuesta está en el chocolate. En el chocolate blanco. La vida existe para ser experimentada a través del placer: somos mortales, pero capaces de crear lazos con el mundo y con los otros, de recordar lo bueno y lo terrible, y de atesorar aquello que da sentido a nuestra existencia en común.
Adaptar a Nothomb no resulta sencillo, sobre todo con una prosa plagada de simbolismos e intenciones filosóficas. La película, dirigida por Mailys Vallade y Liane-Cho Han Jin Kuang, sortea la dificultad agregando poder visual con una animación en la que destacan las formas redondeadas, colores pastel y texturas cercanas a la acuarela, inspiradas en la animación japonesa que ofrecen una estética poética y sensorial, que encaja bien con la idea del libro: el nacimiento de la conciencia desde la mirada de una niña.
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