Post.Apocalípsis

Post.Apocalípsis

Chispillatronik

“La vida en la tierra es malvada”

Justine. Melancholia (Lars von Trier)

 

 

1.

… todo lo que deseo es estar contigo hasta el fin del mundo, me dice él románticamente, se acerca me da un beso. Estamos sentados en el parque de al lado de mi casa de niñez, San Manuel. Entre la oscuridad las estrellas comienzan a caer, pequeñas partículas de luz acompasadas, idénticas a la sensación de cuando cae nieve. Con ese sonido discreto que hacen los copos. Ese ritmo hipnótico al caer, que te atrapa. Entonces me doy cuenta que es, en verdad, el fin del mundo. Así que me aferro a sus labios y con el rabillo del ojo veo como descienden las estrellas hacia nosotros los humanos.

 

2.

Dana y yo estamos en la habitación del pseudo segundo piso de casa de mis padres, la casa de mi infancia. Hablamos de cosas triviales, de la escuela, de las cosas que tenemos que hacer. De pronto un sonido sordo que no se escucha pero se siente como un golpe en la cabeza nos mueve a sentir, mas que comprender lo que está sucediendo. Nos miramos en silencio grave, con los ojos muy abiertos, mientras somos cómplices de la sensación que recorre nuestros cuerpos. Nos miramos al tiempo que reconocemos lo que acontece. Está sucediendo ¿no?, sin moverme mucho le pregunto. Sí, ya empezó. Algo flota en el ambiente. Pequeñas partículas van de arriba abajo, de abajo hacia arriba. Pareciera que estamos dentro de un gran vientre materno, el sonido acuoso, la sensación de flotación. Estamos girando, nuestros pies ya no tocan el suelo. Se han elevado, nuestros cuerpos están a la disposición de otra organización que nos ha tomado por completo. En la cabeza se siente una sensación extraña, como si la estuvieran estirando por dentro, como si en un momento se fuera a reventar, aun así no duele, no molestas pero es una sensación intensa, muy intensa. Solo aminorada por la sorpresa y el agrado de la suspensión: no tocar el piso. El eje se ha movido 180 grados, no somos nosotras, somos todos. Nuestros cuerpos flotan sobre el eje vertical que se convierte en horizontal hasta llegar a estar de cabeza: ingravidez. De pronto volvemos a pisar la tierra. Nos miramos. No ha sido un sueño. Pero igual lo vamos a olvidar.

 

3.

Los vecinos de la calle río salado estaban listos. La gran fiesta estaba a punto de comenzar. Mi padre y yo habíamos recorrido diferentes lugares, habíamos saludado a la gente, cooperando con los preparativos. Volvíamos al punto de encuentro, nuestra casa. En el parque, la gente se abandonaba a la luz de la luna en la casi nula oscuridad. La cercanía de la tierra y la luna, ofrecían la luminiscencia que nunca habíamos conocido, era la representación del gran signo de Orión. Mi padre miraba lo que se puede entender como espectáculo, me abrazaba amorosamente y a la vez me acariciaba la cabeza como cuando era niña. Yo solo podía sentir paz. La gente subía desde el parque a la azotea de la señora Silvia, tomaban sus espacios con calma y tranquilidad. Tomaban alguna cerveza e intercambiaban opiniones. Me causaba asombro que llegara algunos extranjeros, estaban muy bien acogidos. En el cielo, constantemente se dibujaban signos que no entendía, me sonaban familiares, al parecer era la propaganda política de algunos desquiciados que deseaban sacar partido del asunto para hacerse promoción. Daba un rondín y veía a mi profesor de guitarra, que me ofrecía una cerveza muy fría, muerta bien muerta. Chispi, tomemos esta cerveza, quiero brindar contigo. Quizá nos faltó más intercambio. Brindábamos con una amplia sonrisa en la boca, las botellas de cerveza león lograban alegrarnos con ese choque peculiar que recuerda un buen brindis. El paso del maratón se venía anunciando. Venga, a moverse todo mundo, los maratonistas necesitan espacio para ser recibidos. Chocaba con quienes ofrecían bocadillos en bandejas improvisadas pero bien organizadas. Tanto así, que quienes se postularon como meseros vestían uniforme color durazno, lo portaban con gran dignidad. Cuando se acercaba el maratón, las niñas rubias con síndrome de down eran recibidas con aplausos. Ellas al llegar a la portería meta, caían en efecto dominó, por su torpeza opacada por la alegría. De la que todos éramos contagiados, un sentimiento de ternura y respeto invadía el espacio. La gente se acercaba a su auxilio. Estamos bien, preocúpense por sus caminos. Los convidados bailaban al ritmo del señor Coconut y el tour de France. Todos estábamos felices, esperando el fin del mundo, el fin del orden de las cosas tal y como las habíamos conocido. ¡Que gran regocijo!

 

 

POST-APOCALIPSIS.

2012 una fecha tan señalada. Como muchas otras han existido desde que tengo memoria. El año 2000, el 1999, tantas otras fechas que ahora se me escapan. Ya no creo en el fin del mundo. Ya no. Es como tener un novio patán que te promete cosas que sabes que es 98% probable que no cumplirá. El corazón palpita, emoción seguido solo de desilusión. Desde que era pequeña he tenido sueños apocalípticos. ¿Le pasa a usted? El grueso de mis sueños a lo largo de mi vida han sido casas y sueños apocalípticos: decadencia y destrucción. Tengo sospechas de la formación de este imaginario bien instalado en mi disco duro. Olas gigantes que arrasan con todo. Volcanes haciendo erupción. Ciudades destruidas por razones desconocidas. Lugares inundados. Gente dispuesta a morir con total dignidad ante la imposibilidad de lo ineluctable.

He sido fans total de cualquier película apocalíptica que proponga decadencia y destrucción. De mis churritos favoritos: El día después de mañana. Momentos excitantes de destrucción masiva y poca compasión por ciertos personajes en su día a día que mueren, por ejemplo, reporteando la noticia. Sucesos apenas tocando la realidad de las penurias que han sufrido pueblos frente a un tsunami, terremotos o un atentado terrorista. Otro gran churrito, es la película Doomsday (Día de juicio final), con toda esa lección moralista:

 

Por más que te refugies

Por más que corras

Por más que tengas dinero

Por más poder que tengas

Algo mas allá de todo

Está por encima de ti

Conclusión

No somos nada…

 

La lista de películas sería abundante, ahora mismo querida y querido lector usted piensa en otras grandes producciones del predecible Hollywood. Algo en común que tienen todas ellas, es la ruptura de la normalidad por eventos generalmente producidos por fuerzas, o bien, externas o superiores a la humanidad (la naturaleza en primer término, el descontrol del uso tecnológico y el error humano, o fuerzas directamente exógenas a este planeta).

Me pregunto si toda la responsabilidad de este potente imaginario apocalíptico parte solo de lo que las series de televisión y en el género de ficción que nos mueven a fronteras que desdibujan la realidad de la ficción. Los efectos cada vez más potentes, más producidos pero también más creíbles. Sobretodo la mediación entre “el vivo y en directo” y aquellos eventos de los cuales no teníamos más que una imagen mental. Ahí donde se sucedió un desastre había una cámara aficionado o una cámara legítima de alguna televisora.

Le propongo ahora un ejercicio sencillo, hagamos un repaso de algunas imágenes que están relacionadas a la generación a la que pertenezco, puntualizando que yo era una niña, y que probablemente fueron estas imágenes en movimiento las que exacerbaron una imaginería de la destrucción, que partiendo de la idea de la seño Susan Sontag, relaciona la estética de la destrucción del cine de ciencia ficción a la belleza que los estragos y destrucción puedan ofrecernos. Pero también relaciona la fantasía de vivir la propia muerte, ahora pensemos que esas imágenes dejan de ser ficticias para entrar en el “en vivo y directo”, donde el hombre esta desnudo e impotente frente a esa imagen-realidad-destrucción en la que sus artefactos tecnológicos de poco valen.

 

Relación muerte + ‘en vivo y en directo’.

Cámaras de vigilancia, cámaras de aficionados, turistas que pasaban por ahí, algún fotógrafo,

algún registro de un suceso que nos hace cómplices-testigos-especulares.

¿Desearíamos ser participes fortuitos de tal acontecimiento?

A veces no tienes opción, no puedes decidir entre mirar o no mirar.

 

Las imágenes que ofrecía en el desayuno la televisión mexicana el 19 de noviembre de 1984, antes de ir a la escuela, era una serie de personas calcinadas: alguno que habría la llave del a regadera, otros que dormían abrazados, uno mas que estaba parado… La explosión de la colonia San Juan Ixhuatepec al norte de la ciudad de México, conocido como San Juanico, es uno de los eventos que inauguran la relación espectáculo del desastre. Las descripciones del olor a quemado en el área, de las llamaradas de 300 metros de altura, los cuerpos reducidos a cenizas, eran suficientes para generar un amplio paisaje apocalíptico. Recuerdo estar inquieta por que una tía vivía en el D.f. Mi padre, se tomó la molestia de explicarme en un mapa de esta ciudad el lugar donde ella vivía, por lo que se encontraría a salvo. Años después mis abuelos y tías fueron desalojados de la colonia Maravillas de Puebla, haciendo frente a una posible fuga de gas.

Eran pasadas las siete de la mañana del día jueves 19 de septiembre de 1985. Mis hermanas se habían ido a sus respectivas escuelas secundarias, yo que era alumna regular de la escuela primaria federal Rafaela Padilla de Zaragoza tenía horario de entrada a las 8 de la mañana, por lo que cepillaba mi larga y rauda cabellera frente al espejo. Sentí un balanceo pero no hice caso, mi madre me gritó desde la cama, ¡vaya idea! Cali, ven aquí, no te asustes, está temblando. Años antes ya vivía traumatizada por temblores, que siempre suceden en la ciudad de Puebla, recuerdo a tías llorando hincadas pidiendo perdón al señor, desquiciadas e histéricas. A los dos años esa imagen es suficiente para trastocarte. El temblor sucedió mientras yo di un brinco a la cama con mi madre y me abracé a ella. Afortunadamente no paso nada. Nada dramático como cuando pensé que sí se caía la casa en el temblor de Puebla del año 2001. Pensamos que el Popo había hecho erupción, acto seguido un tremendo temblor nos dificultaba, a mi madre, mi noviete, de ese entonces, y a mí salir de la casa que prometía venirse abajo, ya lo anunciaban las figurillas de porcelana sobre las carpetas tejidas por mi madre. En aquel 1985 nada cayó en la casa, a pesar de que el terremoto duro dos minutos con una magnitud de 8.1 y al día siguiente la réplica que fue de 7.9 grados Richter. Desde ahí, mi madre localizó que estaba enferma del espanto, pues por las noches no podía dormir y a veces tenía que correr a vomitar. Las imágenes presentadas en las televisoras de gente atrapada entre los escombros me perseguía, por lo que mi cerebro me demandaba estar alerta. El escenario era terrible, el centro de la Ciudad de México estaba reducido a edificios que se vinieron abajo por completo, gente que no sabía el paradero de sus familiares, o peor aún quienes les perdieron en pleno terremoto sin poderles salvar.

Veíamos la televisión, en vivo y en directo, era el 28 de enero de 1986 y el transbordador Challenger se iba de misión al espacio exterior. Las televisoras seguían en vivo y en directo el despegue. Después del conteo final vino el despegue, pasaron 73 largos segundos en que la gente veía hacia el cielo, despidiéndole con la mano en alto y ondeándola cuando éste explotó. Consternación y tristeza por los siete tripulantes muertos. Nadie pensaba ser testigo en vivo y en directo de tal suceso. Pareciera que las imágenes grabadas después de los desastres, ofrecieran una sana distancia, se sentía muy perverso ser testigo a través de la mediación en vivo y en directo… Era como refirmar que ahora podíamos verlo todo y ver como se consumía.

Esto fue el principio pero podemos recordar también eventos importantísimos como el famoso 11 de septiembre de 2001, el auténtico suceso que cambió nuestra manera de extendernos hacia las desgracias por más lejanas que fueran, por más que les confundiéramos a esas imágenes con una súper producción cinematográfica. Seguida solo de otros desastres como el tsunami que arrasó la costa de la India el 26 de diciembre de 2004, el huracán Catrina en agosto de 2005 y las recientes imágenes del terremoto seguido del tsunami de Japón el pasado 11 de marzo de 2011, con toda su amenaza radioactiva.

 

Apocalipsis. Melancolía.

Recién vi la película Melancholia de Lars von Trier, la verdad me sucede como a otras tantas personas, llegar a sus producciones requieren un esfuerzo y una buena actitud. No son películas fáciles. Sin embargo, he de poner un punto en su favor, usted sabe que aquí cada quien es libre de expresar su gusto o disgusto por cualquier cosa, nos ofreció una cruda visión, diferente de las que hemos imaginado y de las que el cine nos ha presentado sobre el apocalipsis. Aquí el desastre radica en la impotencia del ser humano, de encontrarse con el límite que le coloca como parte de un todo que no controla, pero que ha pensado conocer a través del tiempo. El desastre no es evidente, se revela desde el principio de la película como momentos hiperlentos que condenan a los personajes a la fatalidad. Esto solo lo descubrimos al enlazar las imágenes en el contexto sucesivo de la trama. ¿Puede ser la condena bella? ¿Puede ser el desastre nostálgico? Es probable que los sueños apocalípticos sean imágenes que componemos a partir de un entramado semántico, enlazado con un campo sentimental que al final nos genera la pérdida. Melancolía = Perdida. Si la melancolía es inevitable es porque la perdida es total. El Apocalipsis no solo cobra su faceta directa de destrucción sino cobra una dimensión poética entre el horizonte siempre posible: la perdida.

Submit your comment

Please enter your name

Your name is required

Please enter a valid email address

An email address is required

Please enter your message


Subterráneos © 2017 All Rights Reserved

Alternativas culturales desde Puebla

Theme by WPShower

Powered by WordPress